#GCultural2016: perfilando los retos de la gestión cultural que viene

Ayer concluía el I Congreso Online de Gestión Cultural organizado por Artica Centro Cultural Online en torno a la gestión cultural, el activismo digital y la cultura libre, sus problemáticas y sus retos. ¿Cómo concibe el público la cultura libre? ¿Qué ha aportado a la gestión cultural la práctica de la cultura libre? ¿Podemos lograr su sustentabilidad? ¿Qué significa participación? ¿Cómo podemos lograr cnstruir comunidades sostenibles y activas en el tiempo? ¿Cuánto hay de activista en el trabajo en red?

El congreso #GCultural2016 ha estado articulado en torno a 6 intensas mesas de debate sobre gestión cultural para la producción de cultura libre, comunicación en red y herramientas TIC para la gestión cultural, experiencias y proyectos de cultura y activismo digital -en la que participamos con una ponencia y en la videoconferencia-, gestión cultural en las bases, profesionalización en gestión cultural y espacios culturales y comunidad en red; que han sido coordinadas por Artica, Comunicación Abierta, Baixa Cultura, Gestión Cultural UY, Aforo Gestión Cultural y Comandante Tom respectivamente. Cada una de ellas, publicaba las ponencias de más de 40 iniciativas participantes, antes de realizar una videoconferencia en directo que quedaba grabada para la posteridad. Colombia, Brasil, Argentina, Uruguay, México, Perú… el congreso ha reunido a pensadores, activistas, artistas, gestores, programadores y curiosos de iberoamérica, trazando una línea transversal y porosa que se ha adentrado en esa especie de identidad compartida que quedaba hermanada con el portuñol, lengua oficial del evento. 

Imposible recoger aquí todo lo planteado -para una exploración exhaustiva remitimos a las propias ponencias-, pero no queremos dar carpetazo a este congreso sin bucear en algunas ideas y conclusiones a las que hemos llegado. 

En la sesión de cierre no dejaban de repetirse las claves de la generosidad, la brecha digital, la necesidad de practicar los cuidados y el diálogo con la cultura de base, además de lograr la sostenibilidad como constantes en el debate. No debemos olvidar que cultura libre es generosidad, es comprender el sistema de intercambio de conocimiento de nuevos modos heredados de la filosofía del software libre, no basados en el rédito de la recompensapersonal directa sino en el del bien común. Este congreso -un mes completo de debate internacional y abierto en la red- ha sido fruto de la generosidad, no sólo de la organización, sino también de cada ponente y cada participante y seguidor. 

Cuesta aún entender cómo la fobia a lo digital aleja a la ciudadanía del uso de la Red. Si bien es cierto que las nuevas generaciones hacen un uso de la misma mucho más naturalizado, no podemos caer en una naturalización inconsciente, sino que mantener la conciencia crítica constante es fundamental, como planteó Ondula, una de las iniciativas españolas junto a Pista 34 o Barcelona Creative Commons Film Festival, entre otras. Muy interesante la reflexión en torno a la necesaria revisión, matización y ocupación de la retórica de la cultura digital crítica que una vez fuera underground y que hoy ha sido tomada por las instituciones y la industria. “Inteligencia colectiva”, “brainstorming”, “laboratorio”, “ética hacker”, “economía colaborativa” o “procomún” son términos complejos, que igual que los de “cultura abierta” o “participativa” están quizás siendo utilizados en exceso y por tanto, siendo vaciados de contenido, además de favoreciendo un cierto distanciamiento de los “no entendidos”. Abrir dichos conceptos y hacerlos habitables es uno de los retos a los que nos enfrentamos, no sin estudiarlos, compartirlos, debatirlos y matizarlos; pero sin dejar por ello de utilizarlos, no olvidando que nombrar es existir, sobre todo en un contexto de periferia que es más retaguardia que vanguardia. Participar no es salir de un teatro y darle me gusta en facebook a un post, sino debatir, hacer, fabricar, crear…, loque tiene serias implicaciones en los modelos de políticas culturales; y así, sucesivamente.

Entender lo digital como un espacio habitable no es sólo hacerlo comprensible, cercano y útil; sino ocuparlo y corporeizarlo: por un lado, entendemos lo digital como un espacio más para los monopolios neoliberales que hay que hackear tanto como la Academia o el Museo. Eso implica hacer cultura trasparente y accesible a través de la publicación de presupuestos, organigramas, calendarios, convocatorias públicas… de alguna manera, dar de comer a lo público desde el procomún, convirtiendo el espacio cultural en un espacio de todes donde hacer -y no sólo mirar- cultura: ser Caballos de Troya. Pero también precisa de una comunicación constante, contenidos y espacios pedagógicosy adaptados a toda la diversidad de capacidades, identidades y cuerpos. El campo digital nos ofrece un espacio fundamental para la difusión de información, que ha sido invadido por el mercado y la infoxicación. Una buena comunicación y una buena selección puede hacer posible la transformación del torrente de datos en conocimiento, porque no vale con soltar documentación en el maremágnum de la red. Hacer cultura digital libre es hacerla accesible también en este sentido: transformar el laberinto de la Red en pistas de conocimiento que además ha de ser llevado a la práctica, haciendo del consumidor un prosumer. 

Corporeizar lo digital es no olvidar que al otro lado de la pantalla somos personas, carne y fluidos; que más allá de los bits fluye nuestra sangre, se producen afectos y desafectos y necesitamos cuidados. Imprescindible hacer una auditoría de los afectos en este tipo de proyectos culturales comunitarios, como señalaba Comandante Tom.

La mediación cultural es uno de los retos más claros que se nos plantean a los gestores culturales, hoy convertidos por la ideología de la industria cultural en burócratas y contables. Producir proyectos que hagan dialogar a la ciudadanía en toda su diversidad identitaria con la institución cultural es un reto urgente para nosotras que debemos hacer memoria, volver al territorio y entrar en contacto con los usuarios/productores potenciales. No nos deben valer los grandes proyectos espectaculares aterrizados como ovnis, sino que tenemos que trabajar desde la consciencia de la necesidad real de hacer porosas las instituciones culturales en constante intercambio con su contexto inmediato, así como hacer cultura popular sin caer en tradicionalismos. Para ello reivindicamos la profesionalización y reclamamos juntas los derechos de las trabajadoras culturales, así como la erradicación de la precariedad cultural tan sonada en España últimamente. No más multitasking autoesclavizador, no más másteres sobre emprendimiento cultural que hacen negocio con estudiantes. 

Pero, ¿es posible la sostenibilidad de los proyectos culturales? ¿y de los de cultura libre? No sólo se plantea la problemática en términos económicos, sino en términos humanos: mantener las comunidades de apoyo y trabajo no siempre es sencillo, dada la esencial generosidad en la que se basan estos proyectos. Por eso construir, alimentar y cuidar redes a nivel local, nacional e internacional es una cuestión elemental para el mantenimiento de plataformas e iniciativas, porque la comunidad llama a la comunidad y el apoyo mutuo fructifica y enriquece. Exploremos pues, como proponía Estefanía Rodero, nuestra identidad sureña común y establezcamos los lazos que nos han de ayudar a construir políticas culturales más sólidas basadas en este otro modelo.